El final de la revolución marca la consumación de su vía. El noble designa al virtuoso y benevolente, quien ya ha secundado la revolución y se ha transformado, manifestándose sus virtudes al exterior con la rica elegancia de las manchas del leopardo.
En cambio, los hombres comunes, obcecados e insensatos, difíciles de enmendar, aunque no logren transformar su corazón, mudan al menos su semblante para acatar las enseñanzas y decretos de los superiores.
El dragón y el tigre son imágenes del gran hombre; por ello al gran hombre se le compara con el tigre y al noble con el leopardo.
La naturaleza humana es originariamente buena y en todos cabe la transformación; empero, existen hombres de suma necedad a quienes ni los santos logran conmover.
Con Yao y Shun como soberanos, sucediéndose santos reyes por más de cien años, la transformación operada en el mundo fue profunda y duradera; mas los rebeldes Miao y el infame Xiang, cuando acudieron a someterse y reformarse, en verdad solo mudaron su semblante.
Habiendo mudado el vulgo su exterior, la vía de la revolución puede darse por consumada.
Mas si se pretendiera ir más allá y castigarlos con excesivo rigor, se caería en el extremismo, y el extremismo es ajeno al Dao; por ello, llegar al término de la revolución y proseguir la marcha militar trae desventura.
Conviene perseverar con firmeza y guardar la propia posición; si habiendo llegado la revolución al extremo no se preserva la rectitud, lo que se había revolucionado volverá a degenerar.
En los asuntos humanos, al inicio se teme la dificultad de revolucionar, y una vez consumada la revolución, se teme la incapacidad de preservarla. Por eso, al culminar la revolución, se previene que permanecer en la rectitud reporta ventura.
¿Acaso guardar la rectitud no es una admonición para el seis? Se responde: se enuncia para el término de la revolución; todo queda comprendido en ello. Si la naturaleza humana es originariamente buena, ¿por qué hay quienes no pueden transformarse?
Se responde: hablando de su naturaleza innata, todos son buenos; pero considerando su disposición y capacidad, existe la extrema necedad que no se conmueve. La llamada extrema necedad comprende dos aspectos: la violencia contra uno mismo y el abandono de uno mismo.
Si el hombre se gobierna con el bien, no habrá ninguno que no pueda encauzarse; aun en la cumbre de la torpeza y la ignorancia, mediante un pulido gradual todos pueden progresar.
Solo quien se destruye a sí mismo lo rechaza con desconfianza, y quien se abandona a sí mismo corta toda senda negándose a obrar; aunque conviva con los santos, estos no lograrán transformarlo ni penetrar en él: he aquí a lo que Confucio llamó la extrema necedad.
Sin embargo, quienes en el mundo se abandonan y se destruyen a sí mismos no son necesariamente torpes o ignorantes; a menudo son tercos, intratables y dotados de facultades superiores a las comunes, como el rey Zhou de Shang.
Al haberse desvinculado por sí mismos del bien, el sabio los tachó de suma necedad; empero, examinando su desenlace, ciertamente son necios. Si ya se los llama sumamente necios, ¿cómo es que pueden mudar su semblante?
Se responde: aunque su corazón esté clausurado a la buena vía, su temor al castigo y su deseo de menguar las culpas es idéntico al de los demás; y por tener este rasgo común con los demás, se comprende que el error no estriba en su naturaleza originaria.