En el hexagrama El Ejército solo Nueve en el segundo lugar es yang, siendo el centro adonde convergen todas las líneas yin; el cinco mora en el trono soberano y es su correspondencia legítima: el dos es el verdadero comandante del ejército, a quien compete decidir de forma autónoma.
Hallarse abajo y resolver soberanamente las decisiones solo es lícito tratándose del mando militar: desde la antigüedad, al designar al general se le confieren facultades plenas más allá de las fronteras.
Gobernar las tropas con autonomía manteniéndose en la vía central asegura la ventura y la ausencia de falta.
Pues arrogarse el poder con soberbia quebranta la conducta del súbdito, mientras que carecer de mando priva de alcanzar la victoria; por ende, atenerse al centro asegura la ventura. En la guerra, cuando la severidad marcial y la concordia se conjugan, sobreviene la buena fortuna.
Habiéndose conducido con consumada pericia, logra la victoria y pacifica el orbe, por lo cual el rey le otorga triples distinciones honoríficas. En los asuntos humanos, llegar a tres representa el colmo.
Seis en el quinto lugar, situado en lo alto, tras haberle confiado el mando absoluto, colma sus mercedes con magnanimidad; pues si los honores no corresponden al mérito, la autoridad carece de peso y los subordinados desconfían.
En otros hexagramas hay casos en que Nueve en el segundo lugar es investido por Seis en el quinto lugar, mas solo en El Ejército comanda soberanamente la empresa y congrega a todo el elemento yin, alcanzando la máxima significación.
La conducta del leal ministro jamás usurpa decisiones, salvo en las campañas militares más allá de la corte; y aunque el mando dependa de él, cuanto logra mediante la hueste dimana de las potestades otorgadas por el soberano y del cumplimiento de su estricto deber.
Los letrados mundanos al comentar que en Lu se ofrendaban sacrificios al Duque de Zhou con los ritos y músicas de Confucio sostenían que, habiendo alcanzado hazañas vedadas a los vasallos comunes, podía emplear ceremonias vedadas a los ministros ordinarios; tal parecer ignora la vía ministerial.
Quien ocupa el puesto del Duque de Zhou debe realizar las hazañas del Duque de Zhou; cuanto su posición le permite consumar no es más que su estricta obligación: el Duque de Zhou se limitó a agotar su deber.
La piedad filial sigue idéntica norma: solo Mencio comprendió este principio al declarar que servir a los padres como Zengzi bastaba como norma recta, jamás estimando que la devoción filial de Zengzi fuese una virtud superflua.
Pues cuanto el hijo pueda consumar en su persona constituye su deber ineludible.