El cuatro es fuerte pero carece de centralidad y rectitud; su anhelo es unirse al dos, haciéndose también enemigo del cinco.
La muralla es aquello que delimita y separa; el cuatro está íntimamente próximo al cinco, como ante un muro divisorio, y subirse a la muralla para atacarlo carece de rectitud moral, por lo que no puede vencer.
Si reconoce por sí mismo que la causa no es justa y no ataca, obtendrá ventura. Pero si diera rienda suelta a sus perversos deseos sin reflexionar en los principios morales, acometiendo y arrebatando con desvarío, su desgracia sería inmensa.
El tres, siendo fuerte sobre posición fuerte, persevera en su violencia y no sabe retroceder; el cuatro, siendo fuerte sobre posición flexible, alberga el sentido de retornar a la moderación ante el apuro.
Saber retornar engendra la buena fortuna: quien teme a la justicia y es capaz de rectificar, con justa razón es afortunado.
El comentario a las Imágenes dice: «Se sube a la muralla, mas la justicia no le permite vencer; su buena fortuna reside en que, viéndose en aprieto, regresa a la regla».
La razón por la cual sube a la muralla pero no prevalece en el asalto es que la moralidad no lo consiente: cuando lo torcido embiste a lo recto, la justicia no puede triunfar.
Alcanza la buena fortuna porque, imposibilitado por la falta de rectitud y en un callejón sin salida, recapacita y vuelve a las normas.
El dos es deseado en común por todas las líneas yang; que solo el tres y el cuatro muestren un afán de disputa se debe a que ambos median entre el dos y el cinco. El comienzo y el final quedan lejos, por lo que asumen significados distintos.