El nueve en el quinto lugar busca unirse al dos, pero dos trazos yang —el tres y el cuatro— se interponen. El cinco se sabe amparado por la razón y la rectitud moral, de modo que no pudiendo contener su congoja e indignación prorrumpe en lamentos y sollozos.
Mas lo perverso no puede doblegar a lo recto: aunque transitoriamente separados, al cabo habrán de reunirse, y por eso luego ríe.
En cuanto a «un gran ejército logra que se encuentren», el cinco y el dos guardan correspondencia legítima, pero como las dos líneas yang obstaculizan la unión sin derecho, es forzoso recurrir a grandes fuerzas para superarlas y consumar el encuentro.
Al hablarse de «gran ejército» y de «lograr vencer», se pone de manifiesto la dureza de ambos trazos yang.
El nueve en el quinto lugar ocupa el puesto de soberano, mas el texto no adopta aquí el sentido del príncipe que convoca a la comunidad: esto se debe a que el cinco se apega a un vínculo íntimo e individual con el dos, empañando su virtud de moderación imparcial.
El gobernante debe armonizar en gran comunidad con todo el imperio; apegarse en privado a una sola persona contradice la vía soberana.
Además, clamar con llanto ante el estorbo y reír tras el reencuentro denota una pasión afectiva particular, no la majestad de la gran comunidad universal. Si ya en el dos, que está abajo, ligarse solo al clan es motivo de sonrojo, ¡cuánto más en un soberano!
Descartado el sentido regio en el cinco, el texto prescinde de hablar del papel de gobernante y resalta en cambio el principio de que dos corazones unidos en sinceridad no admiten fisura ni separación.
El Gran Tratado (Xici) dice: «La conducta del hombre noble: unas veces sale, otras se queda en casa; unas veces calla, otras habla. Mas cuando dos personas tienen el mismo corazón, su filo corta el metal».
Cuando la íntima sinceridad es compartida, ya sea al actuar o al reposar, al guardar silencio o al hablar, nada difiere entre ellos y nadie en el mundo puede interponerse. La unión es unidad; lo que es uno no admite división, pues dividirlo es volverlo dos.
La unidad puede atravesar el metal y la roca y desafiar el agua y el fuego sin que nada le cierre el paso; por ello se dice «su filo corta el metal».
Siendo este principio tan sutil, el sabio lo alabó diciendo: «Las palabras de corazones que concuerdan despiden fragancia de orquídea», significando con ello la profunda dulzura y trascendencia de sus expresiones.