Desde «Nueve en el quinto puesto dice» hasta «cada cosa sigue a su especie». El Comentario 正義 declara: Este pasaje dilucida el significado del Nueve en el quinto puesto.
«Dragón volador en el cielo»: enseña que el cielo despierta una vasta resonancia en todos los seres y las criaturas responden a su influjo, razón por la cual «es propicio ver al gran hombre».
Siendo íntima la mutua consonancia entre el gran hombre y la multitud de las criaturas, el texto expone profusamente las resonancias de los seres del mundo, rematando con la sentencia de que cuando el sabio surge, todas las cosas vuelven la mirada hacia él.
«Sonidos semejantes resuenan entre sí»: equivale a pulsar la cuerda de la nota Gong y ver vibrar la nota Gong afín, o pulsar la nota Jiao y ver responder la nota Jiao.
«Soplos afines se buscan mutuamente»: equivale a ver humedecerse las basas de los pilares cuando el cielo se dispone a llover. Estos dos ejemplos ilustran la recíproca simpatía entre sonidos y soplos sutiles.
«El agua fluye hacia lo húmedo; el fuego acude a lo seco»: estos dos ilustran la mutua afinidad a través de las formas manifiestas; cuando el agua corre por la tierra busca primero el suelo empapado; cuando el fuego devora la leña prende antes en los leños secos.
Compartiendo soplos afines, el agua y el fuego, aun careciendo de conciencia, se atraen mutuamente; y comenzando por esclarecer las entidades del orden natural, abre el discurso enunciando estos principios.
«Las nubes siguen al dragón; el viento acompaña al tigre»: el dragón es un ser originado en las aguas y las nubes son vapores húmedos; de ahí que al bramar el dragón broten al punto nubes propicias: tal es «las nubes siguen al dragón».
El tigre es una fiera de temible fiereza y el viento es un soplo impetuoso y conmovido; también aquí media una atracción entre congéneres afines; por eso al rugir el tigre se levantan vendavales en las cañadas: tal es «el viento acompaña al tigre».
Estas dos frases enseñan cómo los seres dotados de conciencia suscitan la respuesta de elementos inanimados; por ello se formulan correlativamente, adentrándose paulatinamente en el terreno de las criaturas conscientes.
«Cuando el sabio surge, todas las criaturas lo contemplan»: estas dos frases explican cabalmente el sentido de «dragón volador en el cielo; es propicio ver al gran hombre».
«Cuando el sabio surge» equivale a «dragón volador en el cielo»; «todas las criaturas lo contemplan» equivale a «es propicio ver al gran hombre».
La enumeración de los fenómenos precedentes tenía por único fin transparentar este principio: la resonancia mutua entre seres dotados de conciencia.
También aquí opera la simpatía entre entidades afines: el sabio atesora la virtud de engendrar y sustentar la vida, y todas las criaturas abrigan el vivo anhelo de ser nutridas y preservadas; por ello se produce una recíproca correspondencia de corazones.
«Lo que tiene su raíz en el cielo se apega a lo alto; lo que tiene su raíz en la tierra se apega a lo bajo»: arriba, aunque se enumeraron diversas resonancias, solo se citaron unos pocos ejemplos concretos; aquí se desentraña en toda su amplitud la simpatía universal que une cuanto alienta entre el Cielo y la Tierra.
Explicó el maestro Zhuang: «El Cielo y la Tierra se entrelazan fecundamente armonizando sus dos soplos primordiales para engendrar conjuntamente la creación entera».
No obstante, en la complexión de los seres, unos reciben con mayor abundancia el soplo celeste y otros reciben primordialmente el hálito terrestre; por eso los Ritos de Zhou distinguen en el cargo de Gran Maestro de Ceremonias entre «criaturas del cielo» y «criaturas de la tierra», y en el Gran Preceptor se habla de «seres animados» y «seres vegetales».
Quienes toman su soplo primordial del cielo pertenecen al linaje de los animales dotados de espíritu y sensibilidad: la mole celeste gira en perpetuo movimiento, y los seres sensibles se mueven a la par, apegándose filialmente a las alturas.
Quienes reciben su soplo primordial de la tierra pertenecen a las plantas inanimadas: la masa terrestre es quieta e inmóvil, y los vegetales permanecen fijos sin mudar de asiento, apegándose afectuosamente a lo bajo.
«Cada cosa sigue a su especie» enseña que entre el Cielo y la Tierra media una universal resonancia donde cada ser se agrupa según la afinidad de su soplo.
Habiéndose equiparado el influjo del sabio sobre los hombres a la simpatía entre seres semejantes, se describe aquí a partir de la identidad de linaje.
Con todo, en las misteriosas operaciones del Creador y en el crisol de la naturaleza, no solo se atraen los seres semejantes, sino que median también prodigiosas resonancias entre seres de distinta naturaleza: como el imán que atrae el hierro, el ámbar que recoge las briznas de paja, el gusano de seda que al hilar hace quebrar la cuerda de tono Shang, o la montaña de bronce que al desmoronarse hace resonar la campana fundida en Luoyang; semejantes fenómenos son tan incontables que sería imposible detallarlos uno a uno: todos obedecen al principio oculto y espontáneo del cosmos sin que nadie alcance a descifrar su causa última.
Suscitar es conmover; responder es corresponder: lo que antecede suscita y lo que sigue responde; y no solo las cosas inmediatas resuenan entre sí, sino que median asimismo remotas simpatías a través de las edades: como la captura del unicornio bajo los Zhou, que presagiaba el advenimiento del emperador Gaozu de Han; o la estrella amarilla de la dinastía Han, que auguraba el ascenso del señor Cao Cao.
Las manifestaciones de esta universal resonancia son tan inmensas que ninguna palabra alcanzaría a agotarlas; teniendo aquí por propósito desentrañar el principio moral profundo, nos limitamos a exponer sus grandes líneas rectoras.