El Seis en el cuarto lugar es blando y yin, careciendo de apoyos abajo; no es él quien pueda salvar por sí solo los peligros del imperio.
Mas por hallarse en tan alta dignidad, ilustra la vía que debe seguir el ministro en tiempos de zozobra: el alto dignatario, en medio de la adversidad, solo inspirando una fe inquebrantable a su señor mediante la devota lealtad podrá forjar un vínculo indivisible y esclarecer el ánimo del soberano, preservándose así de toda falta.
Quien pretenda granjearse la fe entrañable del superior debe consagrarse a la más límpida sinceridad; entre los ritos recargados de boato y ornamento, ninguno iguala a los banquetes y agasajos; por ello se vale de estos festines como metáfora, señalando que conviene despojarse de afeites superfluos y apegarse a la llana verdad.
Emplear un solo cántaro de vino, dos cuencos de grano y vasijas toscas de barro como ajuar encarna el colmo de la sencillez. Siendo tal la sobriedad, se requiere además «introducir el compromiso a través de la ventana»: esto alude al camino para allegarse al corazón del monarca.
La ventana encarna la noción de abertura y claridad; la estancia es sombría, y por ello se abre la ventana para dar paso a la luz. Entrar por la ventana equivale a penetrar por donde hay claridad, comparándolo con la parte lúcida y receptiva del ánimo del soberano.
La Oda dice: «El Cielo ilumina al pueblo cual son de ocarina y flauta»; el maestro Mao glosó «ventana» como conducir y guiar, entrañando asimismo abrir e iluminar.
Cuando el ministro procura unir su lealtad y rectitud al corazón del príncipe, forzosamente ha de penetrar por aquello que el monarca ya comprende.
En el corazón humano hay zonas ensombrecidas y zonas despejadas: lo ensombrecido es la oscuridad, y lo permeable es la luz; dirigiéndose a su lado lúcido para persuadirlo, inspirar confianza resulta fácil; por ello se afirma «introducir el compromiso a través de la ventana».
Obrando de tal guisa, aun en medio de las más duras pruebas, al cabo se quedará libre de falta.
Tomemos por caso cuando el corazón del soberano se halla cegado por placeres disolutos: por estar obcecado, aunque se censure con fiereza su descarrío, de nada servirá si no recapacita; mas si se parte de aquellos asuntos donde su mente no está cegada para conducirlo gradualmente, se logrará despertar su entendimiento.
Desde la antigüedad, quienes supieron amonestar a su señor jamás dejaron de apoyarse en aquello que el rey comprendía con claridad.
Por eso los ministros ásperos y tajantes solían cosechar rechazo, mientras que los hombres afables y elocuentes lograban que sus consejos fueran escuchados.
Así, el fundador de los Han amaba a la dama Qi y pretendía despojar al heredero: en ello radicaba su obcecación; los cortesanos debatieron en multitud, y las leyes de primogenitura no carecían de elocuencia, mas ¿de qué valían ante la ceguera del emperador?
Sin embargo, Gaozu conocía de antaño la virtud de los Cuatro Ancianos Ermitaños y los reverenciaba: he aquí la claridad intacta de su corazón; al acudir ellos apoyándose en esa luz previa, el monarca recapacitó con la facilidad de quien vuelve la palma de la mano.
¿Acaso la fuerza de los cuatro ancianos igualaba a la de Zhang Liang, los dignatarios y todos los letrados del imperio? ¿Eran sus palabras más punzantes que las de Zhou Chang o Shusun Tong?
No obstante, desatendió a aquellos y siguió a estos, sencillamente por la diferencia entre embestir la ceguera o acceder por la luz.
De igual modo, la reina madre de Zhao amaba con ceguera a su hijo menor, el señor de Chang'an, y rehusaba enviarlo como rehén a Qi, obnubilada por su afecto personal; aunque los ministros amonestaron con vehemencia, estando ella cegada, ¿cómo iba a escucharles?
Empero, amar a su hijo deseándole prosperidad y grandeza duradera era algo patente en su corazón; por ello el maestro Yong Chu Long se apoyó en esa convicción para guiarla con planes de largo aliento, y la reina acató sus razones como fiel eco.
Esto no solo rige al aconsejar al monarca: con la enseñanza ocurre lo propio.
Instruir exige partir de las virtudes de la persona, pues en sus dones reside la luz de su entendimiento; penetrando por lo que su corazón comprende para extenderlo luego a lo demás, se alcanza lo que Mencio llamaba «consumar la virtud y realizar el talento».
El Comentario a las Imágenes dice: Un cántaro de vino y dos cuencos de grano: la firmeza y la suavidad se estrechan mutuamente. Las Imágenes citan tan solo la frase inicial, como suele ocurrir a menudo.
El cántaro de vino y los dos cuencos representan la más pura sobriedad; la vía para que la firmeza y la suavidad se vinculen estriba en conducirse así, con lo cual al término se preservará la ausencia de falta.
Que la comunión entre soberano y vasallo sea sólida y perdurable descansa únicamente en la sinceridad. Firmeza y suavidad aluden a la cuarta y quinta líneas, denotando la estrecha relación entre ministro y señor.