La influencia es el movimiento del ser humano, por lo cual se toman imágenes del cuerpo: el dedo gordo se toma por hallarse abajo y por su leve movimiento; la pantorrilla, por adelantarse en moverse; el muslo, por su seguimiento ciego.
Nueve en el cuarto lugar no toma ninguna de estas partes, sino que expone directamente la vía de la mutua influencia: no dice «la influencia en su corazón» porque la influencia misma reside en el corazón.
El cuatro se halla en el centro y ocupa la parte superior del cuerpo, correspondiendo a la posición del corazón; por ende, es el rector de La influencia y proclama su verdadera vía: si es perseverante y recto, habrá ventura y el arrepentimiento desaparecerá; si el influjo carece de rectitud, sobrevendrá el remordimiento.
Asimismo, el cuatro es cuerpo de complacencia, mora en puesto yin y responde al comienzo; por ello se le amonesta con la perseverancia recta. La vía de la influencia lo penetra todo sin trabas; si media un apego particular, se obstruye la resonancia universal y surge el pesar.
El sabio conmueve los corazones de todo el mundo como lo hacen el frío, el calor, la lluvia o el sol, que a todo llegan y ante todo hallan respuesta; esto se debe únicamente a la perseverancia recta. La perseverancia recta es el vacío interior desprovisto de egoísmo.
«Si tus pensamientos van y vienen con inquietud agitada, solo tus amigos seguirán tus designios»: si se mantiene la unidad recta, no hay influencia que no sea universalmente acogida; mas si se anda de acá para allá con mente desasosegada, valiéndose de un corazón parcial para mover a los seres, únicamente se conmoverá a aquellos a quienes alcance el pensamiento personal, dejando inalterados a los demás: solo los afines a su camarilla seguirán tales cavilaciones.
Si con un corazón atado al interés propio se atiende tan solo a un rincón o a un asunto aislado, ¿cómo podría abrirse con amplitud a una comunicación que no halle límites? El Gran Comentario dice: «Bajo el cielo, ¿qué cabe pensar, qué cabe deliberar?
En el mundo todo converge hacia un mismo fin por senderos distintos; una misma meta se alcanza mediante cien reflexiones. Bajo el cielo, ¿qué cabe pensar, qué cabe deliberar?». El Maestro, a propósito de La influencia, profundizó hasta el extremo en la vía de la resonancia mutua.
Conmover a las cosas mediante el cálculo egoísta de la deliberación estrecha en demasía el influjo. El principio del universo es uno solo: aunque los caminos discrepen, su meta es idéntica; aunque las cavilaciones sean cien, su resultado es el mismo.
Por más que las cosas exhiban diez mil diferencias y los sucesos diez mil mudanzas, gobernándolos con la unidad nada puede contravenirla.
Por ende, rectificando la intención, nada en el universo dejará de hallar resonancia; por eso se dice: «¿Qué cabe pensar, qué cabe deliberar?». Si uno se vale del cálculo egoísta de sus pensamientos, ¿cómo podría conmover a todas las cosas?
Cuando el sol se va, la luna viene; cuando la luna se va, el sol viene: sol y luna se empujan mutuamente y de ahí nace la claridad. Cuando el frío se marcha, el calor llega; cuando el calor se marcha, el frío llega: frío y calor se suceden mutuamente y así se completa el año.
El marcharse es contraerse; el venir es expandirse: contracción y expansión se conmueven mutuamente y de ahí surge el provecho. Con este ir y venir de repliegue y despliegue se esclarece el principio de la influencia y la respuesta.
Al contraerse sobreviene la expansión; al expandirse sobreviene la contracción: tal es la llamada resonancia mutua.
Así, el sol y la luna se suceden y engendran la luz, el frío y el calor se relevan y completan el curso anual; las obras y los méritos nacen de esto, por lo que se dice: «contracción y expansión se conmueven mutuamente y de ahí surge el provecho».
Conmover es mover: donde hay conmoción, siempre hay respuesta; todo movimiento es un estímulo, y el estímulo halla forzosamente respuesta; la respuesta se convierte a su vez en estímulo, y el estímulo vuelve a encontrar respuesta: por ello el proceso jamás cesa.
La oruga medidora se encoge para poder estirarse; los dragones y las serpientes hibernan para conservar su vida.
Escudriñar los principios sutiles hasta penetrar en lo milagroso sirve para desplegar su aplicación; aprovechar su aplicación y dar sosiego al cuerpo sirve para ensalzar la virtud. Más allá de esto, nada hay que se pueda conocer.
Antes se habló del principio del repliegue y el despliegue; aquí se vuelve a ilustrar mediante seres concretos.
El avance de la oruga medidora exige encogerse primero para estirarse después; si no se encogiera, no podría estirarse, y tras estirarse vuelve a encogerse: observando a la oruga se comprende el principio de la correspondencia.
El recogimiento de dragones y serpientes sirve para resguardar y dar reposo a su cuerpo a fin de poder desplegarse con brío más tarde; sin hibernar, no podrían alzarse con vigor: el movimiento y el reposo se conmueven mutuamente, lo que equivale a la contracción y la expansión.
El noble concentra su mente en el sentido más sutil y penetra en lo milagroso a fin de colmar su utilidad: profundizar en lo sutil es acumular; realizar la aplicación es dispensar. La acumulación y la dispensación no son sino el contraerse y el expandirse.
Aprovechar la aplicación y sosegar el cuerpo sirve para exaltar la virtud: esto prosigue lo dicho sobre desplegar la aplicación, indicando que hacer provechoso su uso y brindar reposo al cuerpo engrandece el mérito y la virtud moral.
Si las acciones se ajustan al orden natural, los asuntos serán rectos y la persona vivirá en paz; la obra del sabio se consuma en esto, por lo que se dice: «Más allá de esto, nada hay que se pueda conocer».
Agotar el misterio divino y conocer las transformaciones es la plenitud de la virtud: tras afirmar que más allá nada puede conocerse, concluye con estas palabras para enseñar que alcanzar el colmo de lo milagroso y conocer la vía de la transformación nutricia constituye el pináculo sumo de la virtud, sin que nada pueda añadírsele.