El nueve ocupa el puesto supremo con centro y rectitud, y abajo le responden dócilmente con centro y rectitud: bien puede llamarse el colmo de la inocencia, pues a su vía nada cabe añadir. La afección representa el daño que estorba.
Si quien goza de la inocencia del Nueve en el quinto lugar padece una dolencia, no debe tratarla con hierbas ni fármacos y hallará motivo de dicha.
Cuando el hombre enferma, recurre a fármacos y piedras para erradicar el mal y preservar lo sano; mas si la constitución corporal se halla templada y en paz, libre de toda dolencia, pretender atacarla con remedios dañaría la recta salud natural: por eso, no emplear medicinas acarrea dicha.
Tener dicha significa que la afección desaparece por sí sola.
Lo que en La inocencia se llama dolencia alude a situaciones tales como intentar gobernar sin que se ordene, guiar sin que sigan, o transformar sin que muden: es el agravio que la falsedad ajena inflige a quien permanece inocente; así ocurrió a Shun con la tribu Miao, al duque de Zhou con Guan y Cai, o a Confucio con Shusun Wushu.
Quien, siendo inocente, padece tales contrariedades, debe mantenerse imperturbable en su naturaleza, pues la dolencia sobrevenida a la inocencia no debe causar zozobra; mas si se afanara en combatirla forzadamente, alteraría su inocencia para precipitarse en la falsedad.
Al ocupar el quinto lugar la cúspide de La inocencia, su única advertencia radica en el movimiento: pues moverse es caer en el artificio. La Imagen dice: «La medicina para La inocencia no debe probarse».
Cuando el hombre incurre en falsedad, la razón exige enmendarse; mas hallándose ya en la inocencia, pretender curarla con remedios es devenir falso: ¿acaso podría emplearse tal recurso? Por eso se dice que «no debe probarse».
Probar es usar temporalmente, semejante a gustar una mínima porción.